VOZ QUE CLAMA EN EL DESIERTO

El deseo de Dios, nuestro creador, fue, como él lo afirma: “¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días, todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre!” (Dt.5.29).

 

“Nos mandó que cumplamos todos estos estatutos y que temamos a Jehová nuestro Dios, para que nos vaya bien todos los días…y tendremos justicia cuando pongamos por obra todos sus mandamientos” (Dt.6.24-25). Esto sigue vigente.
El ser humano, al no oír a Dios y caminar en sus propios consejos, en la dureza de su corazón malvado, va hacia atrás y no hacia adelante (Jer.7.24). Esa es la situación de nuestra sociedad. Los eruditos del comportamiento no pueden encontrar solución a los malos procederes, la falta de respeto, la violencia, la inmoralidad, la maldad en todas sus formas; se adopta lo malo como bueno y lo bueno como malo (Is.5.20), perdiéndose los valores morales; ya no se diferencia lo correcto de lo incorrecto, lo puro de lo impuro. Los desvíos son tantos que hay nuevas generaciones desarrollándose en una confusión total (casamiento igualitario, ideología de género, ya no maestros, ni maestras, ahora “maestres”; ya no abogados ni abogadas, ahora “abogades”.) Se intenta adoctrinar a los niños de la primaria y hasta de jardín, con ideologías totalmente distorsionadas de lo natural y biológico.
Estamos viviendo los días malos, la maldad multiplicándose porque son los últimos tiempos, el fin de todas las cosas se acerca. La venida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, ya no en relación con el pecado sino para salvar a los que le esperan, es inminente.
Juan el Bautista fue un varón levantado en medio de la religiosidad infructuosa y el escepticismo, que convirtieron a la sociedad de aquel entonces en un desierto espiritual y moral; su misión era enderezar lo torcido y preparar camino al Señor.
Hoy no es diferente. A nosotros como Iglesia nos toca ser “esa voz que clama en el desierto, para enderezar lo torcido y preparar camino al Señor de señores y Rey de reyes”.
Nuestra gente influenciada por satanás ha tomado postura contraria a la verdad de Dios, argumentando por ejemplo, que “toda verdad es relativa; si te hace feliz, lo que hagas está bien”.
Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”; y su consejo es: “Paraos en los caminos y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál es el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Jer.6.16).
Juan el Bautista tuvo que enfrentar alto precio por remar contra la corriente, ni que hablar la Iglesia primitiva, encarcelados, torturados, apedreados, decapitados, quemados en hogueras. ¿Estamos nosotros dispuestos a enfrentar la corriente de éste mundo con mansedumbre, dando a conocer la razón de nuestra esperanza, mostrando el camino y la verdad, enseñando la doctrina sana que viene de Dios, el fundador de la familia?. Posiblemente habrá precios que pagar, aunque Jesús nos enseña que “debemos orar en todo tiempo, para ser tenidos por dignos de escapar de todas las cosas que vendrán” (Lc.21.36). También dice: “aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas” (1°P.1.6).
Somos esa “voz que clama en el desierto, preparamos camino a Jesucristo que está a venir. Somos sus mensajeros para dar a conocer su Palabra, somos columna y baluarte, sostén y defensa de la verdad.
Los que nos oigan, serán salvos y libres de error. Los que no quieran oír, habrán tenido la ocasión de encontrar el buen camino que los hubiera llevado a la salvación y al bien, para ellos y su descendencia; pero el mal y el castigo eterno, (junto a satanás y sus demonios), que les aguarda, será solo su propia responsabilidad, ya no la nuestra, mucho menos la de Dios.
No vivamos según los criterios del tiempo presente; al contrario, cambiemos la manera de pensar para que así cambiemos la manera de vivir y lleguemos a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto.
¡Anunciemos todas las palabras de ésta vida, nos escuchen o dejen de escuchar!. Como dijera el Señor a Pablo, nos dice hoy a nosotros: “¡No temas sino habla y no calles!”(Hch.18.9).

Presbiterio CC.CC

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