Una vasija de barro

Jeremías 18:1-6 nos recuerda que somos barro moldeado por Dios. Nos tomo de lo bajo, de donde habíamos caído a causa de nuestra rebeldía y desobediencia, y comenzó hacer su obra en nosotros; moldeando a Jesús dentro nuestro para llenarnos de bendición, y a su vez nosotros bendigamos a quienes nos rodean…
Jesús vino al mundo con el propósito de que tengamos vida y la tengamos en abundancia (San Juan 10:10).

Era y es el diseño que vivamos de triunfo en triunfo y que a través nuestro se manifieste en todo lugar el fragante olor de su presencia (2 Corintios 2:14-15).

Ahora, si esto es verdad: ¿Por qué hay cristianos que en lugar de vivir una vida abundante viven de otro modo? No conocen la vida que Jesús ofrece. Yo mismo me pregunto ¿Por qué no vivimos como dice la palabra de gloria en gloria?

Muchas veces nuestras vasijas (nuestra vida), se rompe y es necesario volver a darle la forma correcta (como el alfarero).

Dios me habló en un sueño y me mostró que yo era el elegido para realizar una limpieza, en un edificio subterráneo de quince pisos. Al comenzar a descender, empecé a sentir que me faltaba el aire y era difícil respirar. Al seguir bajando me encontré con situaciones muy desagradables y sentí la tentación de renunciar a la tarea asignada; por esto Dios me habló otra vez y me dijo: “Así esta la iglesia y tú eres el que debe limpiar este lugar”. Y me dio las razones del por qué esta así:
“En muchos cristianos hay raíces de amargura”. Esa amargura que se instala en nuestros corazones, cuando la vida no se presenta como lo soñamos o planeamos, cuando las cosas no resultan como quisiéramos. El resultado es como una enfermedad que nos va destruyendo lentamente y nos roba el gozo de la vida en Jesús (Efesios 4:31).
La amargura es como un fino veneno que vamos tragando sorbo a sorbo, y que sin darnos cuenta provoca la destrucción de nuestra vida. Mientras guardas rencor contra otra persona, a ella no le pasa nada; pero tú te llenas de una amargura que te enferma espiritual, psicológica y físicamente. Cuando tu vida se llena de envidia por lo que a otros les pasa, a ellos no los afectas con tu actitud, pero tu corazón se llena de ira, de amargura y corres el riesgo de enfermarte gravemente. Cuando tienes resentimiento contra otros, contra la vida, contra Dios, comienzas a experimentar una lenta destrucción y no puedes ser feliz. Las heridas del pasado nunca cierran porque con tu pensamiento encargas de reabrirlas una y otra vez. Los recuerdos te torturan porque haz permitido que los resentimientos enfermen tu memoria.
Es cierto que hemos sufrido en la vida; tal vez te han herido en tu presente. No pretendo decir que tu dolor es imaginario o que tu herida es irreal. En este sentido Dios está dispuesto a sanarte. Él no produce amnesia, no borrará de tu memoria los malos momentos vividos, pero te ayudará a perdonar y te sanará de tal manera que recuerdes pero sin dolor.
Muchos tienen también un sabor amargo por los pecados no confesados. Otros que fueron golpeados o violados en su infancia o juventud, viven permanentemente con ese sabor amargo.
La amargura es horrorosa y tenebrosa, lenta pero indudablemente nos destruye; y no solamente eso, es una enfermedad sumamente contagiosa. Sin quererlo transmitimos a todos los que nos rodean ese sentimiento y ese sabor amargo frente a la vida.
Nos daña y destruye a la iglesia, es una de las principales trabas para una vida victoriosa y una iglesia creciente (Hebreos 12:15).
¿Cómo sanarnos de la amargura?: en primer lugar debemos confesar la amargura a Dios, es mejor ser sincero y decirle que tenemos amargura en el corazón. Luego renuncia a esa amargura, es un pecado. Deja ya de justificarte diciendo cuanto haz sufrido por el mal que te hicieron. No permitas que un espíritu de autocompasión gobierne tu vida. No te justifiques, arrepiéntete y Dios te justificará. San Pablo dice que quitemos la amargura. Ora al Señor y confiesa que la amargura brota desde tu interior y te hace mal, pero no sabes qué hacer. Reconozco que a ti no te agrada mi sentimiento. Renuncio a ese odio, renuncio al resentimiento y a ese pecado en el que caigo una y otra vez, que me aleja de ti. Renuncio a la amargura.
En tercer lugar, perdona a los que te hicieron mal, la biblia dice que si no perdonamos a los hombres… (San Mateo 6:15)
El Señor está dispuesto a perdonarnos, si somos capaces de perdonar. Perdona al que te hizo mal, al que te hirió, al que te rechazó.
En cuarto lugar, permite que ahora Dios te cure, por medio de la fe recibe sanidad. Todo lo que sincera y confiadamente depositamos en las manos del Señor, Él lo toma y lo transforma (Jeremías 18: 3-4). Él va a quitar de raíz tus amarguras si se lo permites; y por último, pide a Dios la plenitud del Espíritu Santo, la mejor garantía para una vida sin raíces de amargura, es una vida llena del Espíritu Santo (Jeremías 18: 6)

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